Las frutas que caen de los "palos", las carros que resuenan sobre la sábana y la música que se escucha en las lomas. Cada uno de estos constituyen un vacío completo; una identidad a retazos y en personas.
En una esquina de una calle cualquiera, una mujer trenza su cabello mientras habla de las lluvias. En la otra esquina, un hombre narrando con orgullo la historia de su familia del campo, y en la otra un niño maravillado con fotografías de edificios de una ciudad gigante. Dejas el lugar con algo más que un saludo por cada uno; sales llevandote un eco, una historia que no es tuya pero que, sin darte cuenta, empiezas a tejer en tu propia narrativa.
Cada conversación deja una marca, cada gesto compartido una arruga en la piel del alma. Y así, sin buscarlo, llevas contigo el acento de un extraño, la receta de una sopa que probaste una vez, y la risa de alguien cuyo rostro ya olvidaste.
Un día alguien te cuenta un sueño, y te das cuenta de que en su relato hay palabras tuyas, maneras de decir que nunca pensaste que viajarían tan lejos. Sin darte cuenta, habitas en los otros, y los otros te habitan a ti.
En el fondo, la identidad no es más que el eco de todas las almas con las que has cruzado. Te construyes de los pedazos de vida que recolectas, de los caminos que recorres y de los vínculos que, aunque efímeros, dejan una huella. Así, el corazón humano se convierte en un mapa, trazado no con líneas fijas, sino con pinceladas de encuentros y despedidas.
Cada fragmento, cada rostro, cada voz deja en ti un susurro, y en ese susurro se dibuja quién eres. Quizá, al final, ser no es otra cosa que ser todos.